martes, 31 de diciembre de 2013

Conocí a Luis le dije a mi psicólogo, pero era mentira. No era mentira que lo conocí, lo que era mentira es que quería contar era eso, que lo conocí. Lo importante es que me abrazó y me dijo te quiero, onda te quiero, así, casi sin conocerme. A mí lo que me preocupa no es haberlo conocido, sino que me diga eso, así, casi sin conocerme, y empieza una especie de efecto dominó y cuando cae la última ficha saco la obvia conclusión de que estoy un poco solo. Entonces, miro a Luis un segundo a los ojos y me transporto al medio de un bosque. Estamos armando la carpa, Luis y yo, solos. Los árboles eclipsan el calor insoportable del sol y con Luis sentimos el aire fresco que nos da una sensación de placer infinito y nos deja tatuada una mueca de felicidad. Después, otro día pero en el mundo real, lo cruzo a Luis en una fiesta, me dice Santi qué bueno verte acá, y yo pienso que lo bueno sería vernos en otro lugar, nosotros dos solos (como ya me había olvidado del bosque pienso en una casa, una plaza, un bar). Me doy cuenta de que mi mirada pasó de sus ojos a sus labios, entonces ensayo mi mejor cara de pelotudo hasta que me doy cuenta que así va a pensar que soy un pelotudo, y seguro va a tener razón, pero no quiero que piense eso y, de la nada, como dando un volantazo, lo abrazo. Después le sonrío, me sonríe, me repite: que bueno verte, le digo estás lindo, sonríe otra vez, me mira a los ojos y se va.

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