sábado, 14 de octubre de 2017

Ayer no quería tomar cerveza porque me dolía la panza. Llegué y le hice miradita a un intenso de allá a lo lejos mientras charlábamos con los mellizos lo que había pasado en el día. Cinco minutos después llega la moza con una birra y un papelito. El papelito tenía un nombre y un número de teléfono. La cerveza era Budweiser. El pibe de lejos era hermoso pero de cerca tenía cara de viejo y decía cosas de tarado. Yo ya había hablado por Grindr con su amigo que me había mando una foto donde también era hermoso pero en vivo era un asco. La gente afuera del celular es horrible. Después llegó Edisson, que me encanta, parece más viejo de lo que es, me dijo que parezco más joven de lo que soy. A veces me pregunto si nos mentimos más a nosotros que a los otros. Después llegó Felipe. Me puse contento porque me contó que está saliendo con un chinito y no con uno que me gusta, como yo pensaba. Me di cuenta que me gusta estar entre amigos que me caen bien y que extraño a mis amigos de La Plata. 
Hoy me enteré que uno que me gusta nunca me dijo que tiene novio porque “no salió el tema”, y que otro, que no registro de cara, dijo que ya estuve con todos. Yo pienso: ojalá haya estado con todos. También pienso en el precio de la fama, la devaluación/sobrevaloración de los vínculos, los fines de semana de lluvia, las cosas que pueden hacer las personas, lo rápido que se transforma un sueño en una pesadilla, y como un día de sol de repente se vuelve una tormenta. Un espectáculo hermoso si tenés paciencia como para ponerte a mirar.

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